Capítulo 1: El Big Bang P. VI

 ¿Qué haces aquí? Pregunté de forma cortante.
 He acabado justo ahora y pasaba de casualidad.

 

Claramente, no era casualidad. Pero aquello no me molestó, al contrario, me produjo un cosquilleo que recorrió mi estómago a medida que me iba acercando a la puerta.  

 

 He estado observando como te recogías el pelo, caía poco a poco por tus mejillas sonrojadas y el sonido que producía el lápiz chocando contra tus labios carnosos. Luego te has levantado y tu vestido estaba ligeramente levantado, por encima de la costura de tus medias color carne.  

 

Y ahí estaba yo, estupefacta, mirándole pero sin saber exactamente hacia donde fijar la mirada.  Siempre había sido una mujer segura de mi misma, orgullosa y con un fuerte carácter. El conseguía derrumbar todo aquello y aparecía una niña frágil y muchas veces perdida, sin saber que hacer para salir de aquella situación. Seguramente, todo aquello me abrumaba y sobretodo, me excitaba.

 

 ¿Vendrás a la cena de esta noche? – pregunté para virar el rumbo de la conversación
 No lo se, quizás sí – respondió él con aire desinteresado. A juzgar por la mueca que has hecho entiendo que sí quieres que vaya.
 Bueno, no conozco a muchos compañeros por lo que me sentiría más acompañada – respondí sincera
 Pues ahí estaré entonces – confirmó mientras se alejaba sin mirar atrás.

 

Esta vez, todos puntuales esperábamos frente a la puerta del restaurante que daría paso a la noche que daría un giro a mi vida. 

La velada fue avanzando plácidamente mientras los temas intrascendentes surgían entre unos y otros. Adrián, como era de esperar, se sentó a mi lado. Otra de las razones por las que mi corazón latía cada vez con más intensidad. Podría jurar que media mesa escuchaba los latidos. 

Comenzamos el segundo plato, en el que, por fin, se abandonaron las idas y venidas de los camareros. Jim bromeaba y miraba curioso. Yo sonreía. Estaba disfrutando de la compañía y por una noche olvidé las preocupaciones que me esperaban a la vuelta de mi viaje. En muchas ocasiones nuestras rodillas chocaron. Adrián y yo no nos mirábamos directamente (para disimular lo que ocurría debajo de la mesa) y eso me ruborizaba pero a la vez quería más. Las cervezas ayudaron a destensar la situación o quizás, a encenderla aún más. 

La cena acabó. Sara y Adrián propusieron continuar la noche tomando unos Gins. Jim se acercó y dulcemente me dijo que le encantaría que pudiese ir para conocernos mejor.  Reí, no sabía que contestar para no sonar borde. Adrián estaba espalda con espalda y no se movió, pero sí reaccionó. De repente, se despidió y se fue apresuradamente. 

No entendía que había pasado de un momento a otro, cuando había sido el precursor de aquella idea. 

Tomamos un par de copas y volvimos a nuestros respectivos hoteles. Cuando llegué a la habitación, cerca de la 1 de la mañana, preparé lo esencial para el día siguiente. Al sacar el traje de la maleta me di cuenta que estaba arrugado por lo que me apresuré a buscar la plancha y descubrí que no había en mi habitación. Bajé a recepción con mi pijama (pantalones de raso blanco con florecitas en tonalidades rojizas y una blusa roja de tirantes con encaje en los bordes)  y una pinza en el pelo que sujetaba la mitad. 

Mi habitación se encontraba en la cuarta planta y cuando el ascensor llegó a la planta 2 paró. Las puertas se abrieron y allí estaba Adrián. Vestía unos pantalones grises y una camiseta blanca de manga corta. El bello del pecho sobresalía ligeramente por encima del pico de la camiseta. No era abundante y era muy sensual. Tenía el pelo alborotado. Se quedó mirando fijamente y entró al ascensor sin decir palabra. Y allí estábamos los dos, uno al lado del otro sin mirarnos. 

 Bueno, ¿Qué tal los Gins con Jim? ¿Os habéis podido conocer mejor? – Preguntó Adrián rompiendo el silencio
 Espera… ¿estás celoso? Pregunté retóricamente, riendo. 

 

Me miró y de pronto las puertas se abrieron dando paso a un gran hall donde se encontraba la recepción. Ambos hicimos nuestras respectivas peticiones y cuando ya tenía la plancha en mis manos, piqué al ascensor. Antes de que el ascensor cerrase por completo Adrián entró. Podía palpar la tensión. 

Y con mucha improvisación y ninguna premeditación agarré la camiseta de Adrián empujándolo hacia la pared y le besé. Adrián paralizado me miró. Avergonzada volví a pulsar el botón de mi planta y cerré los ojos esperando que el viaje fuese corto y pudiese olvidar lo que acababa de hacer. 

De repente, Adrián picó el botón de stop y agarró mi cuello con su mano acercándome a él. Me besó apasionadamente y agarró mi cintura. Lo que vino después fueron una consecución de besos y toqueteos. Arrimándome reiteradamente, tanto, que podía sentir su respiración y también su excitación. Me agarró de la mano y me sacó del ascensor en la segunda planta. Abrió la puerta de su habitación y volvió a poner mi espalda contra la pared mientras besaba mi cuello y metía la mano por debajo de la blusa. Nuestros gemidos se coordinaban mientras nuestras manos volaban para descubrir nuevos lugares prohibidos. 

Continuamos hasta llegar a la cama donde se desató la pasión. Su forma de tocarme, sus labios y todo él me volvían loca. Desnudos saboreamos cada instante, sus manos agarraban las mías mientras estaba dentro de mi. Llegamos hasta el final, y el final nos alcanzó. Pero aquél día, aquella noche fue el principio de una aventura de autodescubrimiento personal. Un viaje a través del amor, los celos, el miedo y el deseo. 

 

Decidí encender Spotify mientras me daba una ducha rápida. Gradualmente subí el volumen del altavoz mientras I wanna be Yours de Artic Monkeys fue testigo de un recorrido por los momentos vividos las últimas semanas. El agua se deslizaba por el pelo, recorriendo las mejillas y la barbilla. Cerré los ojos e inmediatamente el apareció. Apareció tendiéndome la mano mientras me miraba fijamente, retándome en aquella cafetería de Barcelona, observándome en el auditorio, su mano rozando mi pierna debajo de la mesa, empotrándome contra la pared del ascensor, recorriendo cada centímetro de mi piel y en mi interior. Ya era parte de mi.

 

Agaché la cabeza y me pregunté que podría hacer ante aquella situación. Aunque, yo, ya sabía la respuesta.

Desde aquél encuentro mi relación con Adrián continuó con más intensidad – si cabía. Nos llamábamos varias veces al día, coincidíamos en alguna reunión en el periódico y sobretodo, nos deseábamos. Buscábamos la forma de encontrarnos a solas y devorarnos. Tomábamos vino desnudos, debatíamos y yo escuchaba sus historias mientras el me lanzaba una mirada que servía como señal para llevarme directa a su cama. Me volvía loca imaginar como debía mirarme subir las escaleras desnuda hacia la habitación mientras él me seguía.

 

Capítulo I: El Big Bang p.V

Las semanas pasaban y mi relación con Daniel se enfriaba día tras día. El periódico me pedía más presencia y compromiso ya que los artículos habían tenido buena acogida entre nuestros lectores. Gracias a ello tuve la oportunidad de cubrir una serie de conferencias en la Universidad de Cambridge en honor al Prof. Robert Kennicutt llamado: The laws of star formation.

Estas se repartirían en diferentes sesiones a lo largo de los dos días en los que, finalmente, debía preparar un articulo con las conclusiones obtenidas de los diferentes ponentes expertos en el campo. El hotel elegido ‘Varsity Hotel & Spa’ situado en el corazón de Cambridge. Un hotel boutique con amplias habitaciones, un completo gimnasio y abrazado por unos alrededores repletos de restaurantes (mejicanos e italianos) que me permitirían salir física y emocionalmente de la estática situación sentimental que vivía.

Esa noche, tras comentar con Daniel mi inminente viaje a Cambridge se levantó y se sirvió una copa de vino tinto que acto seguido bebería en apenas 3 segundos. Después desapareció tras la puerta de la habitación. Las conversaciones se convirtieron en meros monosílabos en los siguientes días. Tan solo quedaban recuerdos de aquellas caricias que nos brindábamos el uno al otro. El dolor de la incomprensión era demasiado para mi y supongo que para él también. Quizás yo no podía ser quién él quería que yo fuese. No quería renunciar a mis aspiraciones profesionales ni a mi libertad personal.

Esa libertad de toma de decisión sintiendo que la persona que te acompañe en el camino te apoyará. No dudará que cualquier decisión que puedas tomar siempre será por el bien de la relación y el propio bien personal.

A la mañana siguiente participé en un par de reuniones que nos ayudarían a entender y preparar el contenido que se trataría durante las conferencias. Al finalizar recibí un email con una convocatoria para conocer a los diferentes asistentes por parte de nuestro periódico.

Mi cara de desconcierto apareció al instante. ¿Qué quieren decir con, otros compañeros? Me dije a mi misma. Bajé rápidamente a comprar una ensalada – ya que no tenia más de media hora para comer antes de la reunión- y continué dándole vueltas a los diversos escenarios que podrían plantearse debido a lo que acababa de leer.

Al entrar a la sala mis ojos buscaban caras conocidas. Pude localizar a una compañera del departamento de ciencias políticas con la que había coincidido en múltiples cafés. Nuestras miradas coincidieron y Sara agitó la mano al mismo tiempo que sonreía.

  • Hola Sara, ¿Qué tal? Hace un par de días que no coincidíamos por aquí.
  • Sí, he estado fuera unos días por un tema personal. Pero ya estoy de vuelta. Justo para cubrir el evento.
  • ¿Qué evento? He visto que otros compañeros del periódico también viajan a Cambridge. Pensaba solo era una conferencia del ámbito de la astrofísica.
  • Parece que hay una jornada de conferencias en Cambridge y puertas abiertas para que los futuros alumnos visiten las instalaciones y rellenen los formularios de admisión.
  • Vaya, entiendo – dije un poco brusca.

Probablemente ‘la duda’, la gran duda sobre si Adrián asistiría rellenó cada hueco de mi mente haciendo imposible que pudiese pensar en otra cosa. La reunión empezó y por tanto, cualquier ápice de duda que quedase se desvaneció. Bajé la mirada y me quedé mirando fijamente la butaca de enfrente. Mi mente viajó a través del tiempo parando en el día en el que conocí a Adrián. Esa electricidad recorrió de nuevo mi cuerpo.

Claramente necesitaba acción. Estaba pidiendo a gritos un cambio en mi día a día. Pero, ¿porqué él? ¿Qué cambiaría si él asistía a aquél evento? De cualquier forma, era mala idea.

De pronto alguien llamó a la puerta de la sala. Mi corazón se aceleró y Adrián apareció excusándose por la tardanza. Mis ojos se abrieron como platos. Parecía que había visto un fantasma. Me quedé sin saliva cuando se sentó a mi lado, su sonrisa apareció en la comisura de la boca, y dijo ‘Hola, Carlota’.

En aquél momento debió pensar que era boba o simplemente antipática ya que no fui capaz de articular palabra.

Al finalizar, un grupo reducido comentamos los horarios de nuestros vuelos y la elección de los hoteles. La mayoría se hospedaban en el Hilton City Center.

  • Yo como siempre, voy tarde. Reservaré todo lo necesario hoy mismo – Dijo Adrián.
  • Creo que no quedan habitaciones en el Hilton, lo comprobé esta mañana para modificar mi reserva. Tendrá que ser en el Varsity Hotel (es de los mejores de la lista permitida por la compañía de viajes del periódico) – Respondió Sara.

Mi cara debía ser un poema ya que algunos de los compañeros me miraron y preguntaron si me encontraba bien. Las mejillas habían tomado un color rosado y sentía que estaba apunto de desmayarme del calor.

Empaqueté un traje, un vestido y unos jeans (por si nos planteábamos alguna cena de equipo), el neceser y un par de libros para el trayecto. Mientras acababa de preparar la maleta Daniel me miraba desde la puerta en silencio.

  • ¿Estás contenta? Dijo cordialmente, rompiendo el silencio.
  • Es una buena oportunidad. Además creo que unos días fuera ayudarán a que las aguas se calmen.
  • Quizás sí. Estaré esperándote en el aeropuerto si te apetece.
  • Claro.

El vuelo, programado a las 6:30, se retrasó 30 min. Había margen de sobra ya que normalmente teníamos en cuenta los posibles retrasos aéreos.

El día fue avanzando, los diferentes ponentes iban apareciendo y yo tomaba notas intentando sacar el jugo necesario para preparar él artículo con el que concluiría el evento. Tenía un buen nivel de inglés adquirido desde pequeña y en gran parte gracias a mi madre, que me enseñó Inglés e Italiano. Ella era profesora en la universidad de Barcelona. Le encantaban las letras y por ello dedicaba parte del tiempo a aprender idiomas, escribir o leer. Mis padres tenían ese hobby en común. Ese y el buen vino. Por desgracia uno de los pilares de mi vida no tuvo la oportunidad de seguir aprendiendo. La enfermedad me la arrebató. Fue un momento muy duro en mi vida – este capítulo todavía no ha llegado, por lo que no adelantemos acontecimientos.

Volviendo al hilo principal, gracias al dominio de varios idiomas no me supuso ningún esfuerzo entender fácilmente las conferencias e incluso hacer preguntas con bastante sentido. A las 12:00 aprovechamos el parón para salir a comer y hacer check-in en el hotel. Decidí darme un capricho ese mediodía y pedir una pizza de atún y cebolla (que me chiflan) en un restaurante italiano a la vuelta de la esquina cerca del Río Cam. En el interior coincidí con varios compañeros del periódico.

  • ¡Carlota!
    Hola chicos, ¿Qué tal? ¿Que hacéis por aquí
  • Tres compañeros estaban sentados en una mesa esquinera. Les acompañaba un cuarto integrante que no reconocía, pero a juzgar por su aspecto no era español.
    • Acabamos de llegar a Cambridge y hemos pasado a comer algo antes de que inicien las charlas. Disculpa por lo poco cortés que estoy siendo. Te presento a Jim – dijo Carlos
    • Hola, ¿cómo estás?– respondió aquél chico tímido, titubeando, al que calé tan rápido como tardó en pronunciar la primera palabra con acento inglés.
    • Hi Jim. I’m fine – dije sonriendo mientras todos soltaban una pequeña carcajada al unísono.

    Jim era pelirrojo (quizás más anaranjado que rojizo), pelo corto, pecas alrededor de las mejillas y con ojos marrón miel. No era el tipo de chico por el que solía sentirme atraída, tanto físicamente como por su actitud tímida pero parecía buen chico.

    • Cambiando de tema, Carlota – Dijo Carlos. Vamos esta noche a cenar a un mejicano con los compañeros del periódico. También se unirán algunos colegas de profesión de otros ámbitos, como Jim. La cena es a las 20:00h. ¿Te apuntas?
    • Claro, allí estaré – en mi rostro, una risa nerviosa apareció.

    Las siguientes horas las sentí eternas. Mi mente se había teletransportado y solo mi cuerpo estaba presente en aquél auditorio. Sujetaba el lápiz con mi mano derecha, mientras, me daba golpecitos con él en los labios. Miraba fijamente mi agenda donde aparecían anotados los últimos comentarios del día. Hacía 5 minutos que había recogido mi pelo con una pinza pequeña. El pelo caía rozando el cuello (tenía el pelo justo por los hombros o, quizás, un pelín más corto). Un mechón de pelo apareció frente a mi cara tapándome la visión, soplé apartándolo. Ya no quedaba nadie dentro y empecé a recoger los trastos para llevarlos al Hotel (tenía un par de horas antes de la cena). Sentí una presencia, como si alguien me observase a lo lejos. Me giré poco a poco, como si no me preocupase quién estuviese allí. Adrián observaba la escena apoyado en el marco de la puerta de madera maciza. Tenía los brazos cruzados y se podía entrever que aquello le hacía gracia.

    S.

    Tinta en la piel

    Aunque se desconoce con exactitud el origen de los tatuajes, diferentes culturas alrededor del mundo han practicado este arte milenario (las primeras evidencias hace 5 mil años). Históricamente había dos intenciones marcadas y diferenciadas entre Oriente y Occidente. El primero tenía un papel social, cultural y religioso. Incluso místico. Conversamente,  en Occidente, simbolizaban criminalidad y marca de pertenencia a tribus urbanas. A pesar de esta creencia, con la llegada de la revolución de libertad de expresión, se renovó la imagen de su simbolismo.

    Hoy en día la decisión de llevar una marca en la piel es muy heterogenia. El nexo de unión de todas ellas es la forma de expresión y el arte a través de la piel.

    Tinta en la piel

    Lo que no dicen las palabras

    A veces es silencio

    Y otras es recuerdo

    Eres tú y a veces soy yo

    Los que se van y los que llegan

    A veces son años, otras instantes

    Una idea o un sentimiento

    A veces visible en la piel

    A veces tatúa el corazón

    Nos enseña

    Nos cura

    Es pasado y es futuro

    Marcas en la piel que cuentan historias

    Cuéntame la tuya…

    Yo ya te he contado la mía.

    S.

    Capítulo 1: El big bang P.III

    Buenos días lectores! Hoy os traigo un extracto del capítulo 2. Espero que os guste. 

    La noche acabó y se marchó, y nada volvió a ser igual. Esa chispa que él había traído consigo y a la temperatura a la que me encontraba – y no es que fuese yo una partícula infinitamente pesada – desencadenó en mí una energía interna suficiente para dar paso a un universo nuevo. Y después de unos 4.000 millones de años allí estaba yo girando en torno a una estrella más pesada.

    La mañana siguiente desperté ante el sonido de un mensaje en el teléfono:

    • Carlota, las chicas y yo vamos a cenar esta noche a Labarra. Ponte guapa y apúntate… tienes que desconectar. – Att: Claudia

    Lo cierto es que llevaba un mes con un ritmo embalado, incluso vertiginoso. No había dedicado mucho tiempo a mi familia, a Daniel o a mis amigas. Estaba obcecada con un artículo que se publicaría la siguiente semana y quería darle ese toque singular, representativo y con carisma. Necesitaba demostrar mi potencial, ahora más que nunca.

    Durante el día pasaba las horas recopilando información para los artículos y esbozando ideas en mi cuaderno para la novela que tenía en mente escribir… al parecer la musa de la inspiración no había llegado. Todo me parecía triste, carente de estilo, muy insustancial y no encontraba un buen hilo para crear una historia que consiguiese enganchar.

    Daniel era dentista y tenía su propia consulta, por lo que siempre había tenido un horario cerrado y fácil. Esto le daba lugar a disfrutar de algunas tardes libres, festivos y varias combinaciones para las vacaciones. Esa tarde se quedó trabajando en la consulta y yo aproveché para escaparme al centro y comprar algún detalle para sorprenderle antes de su cumpleaños. Una parte de mí se sentía culpable por haber tenido aquella sensación la noche anterior.

    Distraída me bajé del coche, busqué el parquímetro y metí un par de euros que durarían hasta el final de la jornada. Paseaba por una de las calles más transcurridas y respondía a Claudia para disfrutar de una velada tranquila con las chicas. En aquél momento vislumbré unos ojos, que hasta entonces eran poco familiares.

    Apresurada me quité los cascos, un escalofrío me recorrió el cuerpo y me abrigué un poco más. Mis mejillas habían tomado color y me ardían a pesar del frío que el resto de mi cuerpo sentía – aunque no por mucho tiempo –

    • ¿Adrián? – dije tocándole el hombro
    • ¡Hombre, Carlota! Qué casualidad.
    • Sí. ¿Qué haces por aquí?
    • Tengo una cena de trabajo y estaba dando un paseo antes de llegar a la zona del restaurante. ¿Tomamos un café? – Se apresuró a decir Adrián

    En ese preciso instante dos Carlotas de debatían por primera vez en mucho tiempo. Una parte curiosa y atrevida quería tomar café con aquél hombre que la noche anterior había provocado fuego en sus entrañas. Por otro lado quería evitar cualquier tipo de complicación que le ocasionase. Se repitió internamente: ¡Es un café, nada más!

    Entramos en una pequeña cafetería que se situaba en una de las calles perpendiculares del casco antiguo. Al entrar, el aroma a café te recibía dándote la bienvenida a aquél espacio de luz tenue. A la derecha una barra con una mujer de cabellos rubios y con las primeras arrugas generadas por el paso de los años. A la izquierda aparecían diversas mesas de madera color wengue y al fondo un par de sofás de cuero marrón. Las paredes estaban repletas de estanterías con cientos de libros y el espacio restante lo recubría una pared de piedra natural en tonos claros y cálidos.

    Nos sentamos en el sofá y pedimos un Mocha para mí y un Macchiato para él. Adrián se quitó el abrigo negro que le cubría hasta las rodillas, debajo vestía una camisa blanca y se notaba que hacía poco había abandonado su corbata. Se entreveía el bello corporal de su pecho a través del botón desabrochado. El olor de su perfume llegaba hasta mí y recorría cada parte de mi cerebro provocándome auténticas dificultades para pensar con claridad.

    S.