Capítulo 1: El Big Bang P. IV

Buenas tardes lectores. ¿Qué tal las vacaciones? Espero que hayáis podido disfrutar de unos días de descanso o al menos que ese día esté cerca. Esta semana he colgado las botas y aprovecho para tomar un pequeño respiro del ajetreo laboral. Aquí tenéis la segunda parte del capítulo 2. Espero que os guste…

  • Cuéntame, tienes cara de preocupada. ¿A qué le das vueltas? – Preguntó curioso
  • Estoy acabando de perfilar un artículo y me trae de cabeza. Quiero darle ese toque mágico… Aunque en cuestiones científicas no hay mucho toque que dar.
  • ¿Sobre qué hablas esta vez?
  • Sobre la lenta agonía del universo
  • Vaya… Me da la sensación que eres una persona que expresa sus sentimientos a través de la escritura. – Dijo entre suspiros
  • ¿Tengo pinta de estar agonizando? Simplemente hablo de un tema interesante… como hace 2.000 millones de años nuestro universo producía el doble de energía. También debido a que actualmente hay más estrellas viejas que nuevas. El universo está envejeciendo. – Expliqué
  • Quizás ese sea tu punto de vista… Son ciclos, fluctuaciones. Quizás simplemente llegará otra generación de estrellas y la energía del universo volverá a crecer – continuó su discurso. De todas formas, recuerda que la energía ni se crea ni se destruye. Todo es cuestión de una simple transformación.

Mi mandíbula quedó desencajada y me quedé atónita viendo como aquél hombre conseguía descolocarme con cada palabra. Me miró fijamente y dijo:

  • ¿De verdad pensabas que era un tipo estirado que sólo sabía sumar? Me interesa conocer el lugar en el que vivo y del que provengo.

Lo más sorprendente es que tenía razón… aquella energía procedente de la reacción nuclear entre el hidrógeno y el helio en una estrella sólo se transformaría en otro tipo de energía (lumínica, calorífica etc.). Pero no desaparecería.

Miré hacia la taza de café y sentí cierta tristeza… No conseguía entender cómo, a pesar de haber mejorado profesionalmente y tener estabilidad sentimental, estaba sintiendo como mi propio universo agonizaba y envejecía. ¿Sería necesario un cambio en mi vida para que mi universo volviese a sentirse lleno de energía?

  • Carlota, sinceramente… tus artículos y todo lo que quieras escribir o relatar son alegorías de tus sentimientos. ¿Nunca te han dicho que tienes una mirada tan transparente que se puede leer a través de ellos?
  • ¿Acaso crees adivinar lo que estoy pensando ahora? – Pregunté engallada
  • No quieres que lo diga… pero lo sé de sobras – Sonrió discretamente Adrián.

Después de escuchar aquello, mi corazón empezó a latir acelerado. Lo mejor que podía hacer era salir de aquella cafetería. Su serenidad me desconcertaba. Adrián me estaba poniendo a prueba, pero yo no estaba preparada para aquello.

Nos marchamos con la excusa de prepararme para la cena que había organizado Claudia aquella noche. Se levantó y me tendió la mano y yo acerqué la mía con cautela, sin entender por qué se despedía de aquella forma fría. Y pronto entendí cuáles eran sus intenciones. Su mano aterciopelada desprendía una calidez ingente; sentía como acariciaba cada centímetro de piel y el momento me pareció eterno. Mientras tanto sus ojos atravesaban mis pupilas.

Salió por la puerta y todo el aire, que había contenido durante esa situación efímera que tan larga me había parecido, pude expulsarlo aunque incluso dolía. Tanto que retumbaba en mi pecho. ¿Estaría sintiendo Adrián la misma electricidad al tocarme?

Al volver a casa Daniel me miró preocupado ya que estaba totalmente distraída con la cara descompuesta. Me arreglé lo más rápido que pude y salí de casa dando un paseo hasta el lugar en el que había quedado con el resto de chicas.

A penas conocía aquél hombre y conseguía producirme curiosidad y unas ganas desmesuradas de desabotonar su camisa, acariciar cada poro de su piel con la lengua y devorarle. Estar a su lado sin rozarle era claramente una utopía.

Y como siempre impuntuales, estaban todas 20 minutos más tarde en el lugar escogido como punto de encuentro. No podía contarles aquella experiencia o me taladrarían a preguntas, reproches y consejos. No es que no confiase en ellas como para expresarles algo así, simplemente, sabía que debía evitarlo y ellas me lo recordarían. Me sermonearían y con el paso del tiempo, viendo que no habría hecho caso, soltarían el típico ¡Te lo dijimos!

S.

Capítulo 1: El big bang P.II

El lugar escogido fue un bonito restaurante en el Puerto de Barcelona. Las calles estaban heladas y el olor que provenía del interior estaba viciado pero incitaba a entrar. Una vez dentro, nos acercamos a una mesa donde Javier me presentó a distintos colegas de profesión.

–      Natalia, te presento a Carlota. Hace relativamente poco tiempo que trabaja en el periódico y supongo no habrás tenido el placer de conocer. – Dijo Javier con su mano en mi espalda

–      Mucho gusto Carlota. – respondió, dulce y sincera, Natalia

–      El placer es mío – Objeté

–      Y ellos son Pablo, Enrique y Adrián. Pablo es el único que no trabaja en nuestro periódico pero Enrique y Adrián son editores de los departamentos de Contenidos digitales y Economía.

–      Tú debes ser Carlota Ferrer, hija de Antonio Ferrer, ¿no? Encantado– Comentó Adrián taquigráficamente y vacilando.

Poco después me tendió la mano y me miró fijamente a los ojos

–      ¿Economista? – Pregunté curiosa

–      Al menos se sumar y restar, eso se me da bien. – Rebatió Adrián

De fondo un par de carcajadas resonaron. Adrián continuaba observándome fijamente mientras sonreía.

Apareció en mi vida como una chispa encendiendo un motor de combustión. Dio tanto calor que acabo provocando una explosión en muchas facetas de mi vida. Inexperta pero muy segura de mi misma me aventuré a comprobar lo que significaba vivir un Big Bang emocional.

Adrián tiene una de esas sonrisas universales que a toda mujer vuelven loca, una de esas que comienza por la comisura y poco a poco te obliga a prestar atención. Sus ojos, de una profundidad infinita, encajaban perfectamente con el canon de belleza que mi cabeza había dibujado durante muchos años. Sus manos, fuertes y seguras, capaces de sujetarte contra una pared durante horas.

Paul Ekman, psicólogo y pionero en el estudio de las emociones, identificó 18 tipos de sonrisas basados en las posibles combinaciones de 15 músculos faciales. Cuando respondió, sonreí de forma genuina y espontánea.

Esta sonrisa es considerada como la sonrisa de Duchenne (transmitiendo una alegría espontánea que llenaba el lugar dónde nos conocimos). Atenta a sus movimientos y a su boca – carnosa y rosada – me di cuenta de que se percató de esa sonrisa acompañada de una mirada fulminante. Los seres humanos tenemos un abanico emocional-facial pero sin saber por qué yo elegí esa forma de expresión con él.

Continuamos conversando y debatiendo sobre política, nuevos medios de comunicación, deportes e incluso de astronomía. Sin más preámbulos y sin prestarnos más atención de la debida el uno al otro pero concentrados en ese punto, como si de un punto de luz ínfimo en un infinito de oscuridad se tratase. Sólo ese momento brillaba, lo demás había desaparecido. Sin embargo, muestras rodillas habían coincidido en un par de ocasiones, como si de una mera situación aleatoria se tratase.

s.

La teoría del todo o nada

Buenos días a todos, bellos durmientes. Espero que hayáis preparado un buen café y estéis listos para lo que os traigo. Hoy os quería enseñar un extracto del inicio de uno de mis nuevos proyectos. Espero que os guste:

Capítulo 1: El Big Bang

Decidir en qué punto empezaría a contar mi historia fue sencillo, ese punto era un momento concreto de mi vida y brillaba ante un espacio infinito de oscuridad. Por otro lado, me produjo una leve indignación e irritación que lo tuviese tan claro. Mi vida ya había sido complicada hasta ese momento, por lo que no me resultó extraño sentir ese pinchazo en el hígado cuando lo vi.

Las cosas se habían calmado durante el último año y yo había pasado a ser una persona dependiente, tranquila y comprometida. Había encontrado un buen proyecto profesional dentro de un reconocido periódico del país. A pesar de acabar siendo periodista por herencia familiar, mi vocación siempre fueron las ciencias naturales y nunca dejé de leer artículos o libros, investigar y estudiar. Por mi gran interés en ello, el periódico me contrató para encargarme de algunos artículos en la sección de ciencias y poco a poco iba cobrando más protagonismo.

Durante los primeros meses me adapté a todos los cambios profesionales y personales que en aquél momento mi vida debía asumir: mi relación con Daniel, compaginar el arduo horario laboral con mi vida personal y los problemas familiares que acechaban constantemente.

Recuerdo el día que me presentaron a Javier, jefe de redacción. Enseguida se percató por mi apellido quién era mi padre y me recordó sus reconocidos años en el negocio. Odiaba que la gente me relacionase con él; yo estaba muy orgullosa de todo su esfuerzo y dedicación, pero yo también me había entregado por completo a esta profesión para que fuese desvalorada en cuestión de segundos.

–      ¡Carlota Ferrer, no me puedo creer que tu padre te haya dejado pisar este periódico sin traernos algún mensaje! – Comentó entre risas Javier

–      Mi padre está muy ocupado disfrutando de sus merecidas vacaciones en alguna playa del sur y ahora su trabajo es cuidar a mi paciente madre, mientras escribe algún libro satírico sobre problemas mundanos – Respondí

–      He oído hablar de ti, Carlota. La ambición es el camino del éxito pero recuerda: ‘Pedes in terra ad sidera visus’.

Yo asentí y contesté:

–      Y una cerveza en la mano. ¿Tomamos una?

Desde aquél día nuestra amistad se fue forjando y nos mantuvimos unidos. Profesionalmente hacíamos muy buen equipo y de forma personal llegué a tener una confianza ciega en él. Javier era esa persona que, a pesar de ser mayor que yo, tenía tantísimas cosas en común conmigo. Él había conseguido ver algo más en mí; entendía cada palabra, cada mirada, cada risa forzada o cada momento feliz. Y yo había conseguido distinguir la necesidad de una charla o un abrazo en un mal momento.

Tres meses después, el invierno había invadido cada rincón de las calles e incluso cada recoveco de nuestra casa. Daniel era un tipo guapo, inteligente, con unos ojos transparentes y azules como el cielo, paciente, cariñoso y romántico; pero nunca había entendido mi ambición y pasión por mi profesión. Infinidad de veces me pidió que no me implicase tanto en cuestiones laborales e incluso que no debía tener relación con las personas que estuviesen en contacto directo conmigo dentro del periódico.

En una de esas largas discusiones entre nosotros, yo por no ceder ante sus insultos y críticas hacia mi trabajo y él por falta de empatía a ese amor que sentía por crecer, aprender y tener éxito laboral; Javier me rescató para llevarme a una cena que pronto cambiaría el rumbo de esa oscuridad que lo pintaba todo.

S.