¿Gran Profesional, mejor persona?

A lo largo de nuestra carrera laboral tenemos la oportunidad de conocer a distintos profesionales. Responsables y compañeros que desempeñan diversas funciones en nuestro entorno y a los que podemos observar desde la lejanía o cercanía, en muchos casos (ya sabéis que las opiniones son variopintas y que pueden cambiar cuando uno entra en el círculo y vive en sus propias carnes los vicios o virtudes que ahondan en la profundidad de nuestro ser).

Muchas de esas personas tienen o han llegado a tener posiciones relevantes, con poder y consideradas exitosas. ¿Realmente consideramos que todas esas personas son grandes profesionales? ¿De qué depende ser un buen profesional?

La definición básica de profesionalidad nos indica que es una característica que valora la capacidad de desempeño de un trabajo de forma aplicada, con seriedad, eficientemente y con honradez. Es decir, entran en juego valores éticos y no podemos olvidar que en muchas de esas posiciones ejecutivas o simplemente con cierto grado de responsabilidad se trabaja con personas.

Y es para mi, el dato más relevante de todos. Las personas poseemos características que en un conjunto se acaban acercando más a la bondad o a la maldad. Grandes ejecutivos que desempeñan con excelencia su función pero que poseen un grado nulo de empatía, que estrujan a su equipo como si de una esponja se tratase sin importar sus sentimientos, lo duro que haya podido resultar conseguir su objetivo y cuales sean sus preocupaciones o propósitos.

Lo que sí está claro, es que para llegar a ser un buen profesional hay una serie de rasgos más allá de los propuestos por la RAE que son comunes entre los grandes profesionales. ¿Quién no ha pensado alguna vez en aquél responsable gritón, maleducado, egoísta y obcecado en resultados y ha dudado por un segundo si merecía aquella responsabilidad? Por otro lado, ¿Quién no ha pensado en aquél compañero o responsable honesto pero educado, con tacto, justo y que puede empatizar y no ha dudado de su valía?

Por muy alta que sea la posición en la escala de posibles y por muy poderoso que sea, nadie recordará a ese egocéntrico y egoísta profesional que hará todo lo posible, pisoteando al resto, para conseguir todo lo que se proponga. De otro modo, sí recordaremos a esas personas que tendieron una mano, que supieron entender y valorar el esfuerzo, que se mojaron y se embarraron cuando todos lo hacían. Que nunca miró por encima del hombro, si no que siempre trató como sus iguales a aquellos con los que – quizás algún día – compartió más que una reunión. Quizás compartió noches en vela, finalizando presentaciones, cálculos, programando y que juntos, deseaban algún día llegar a ser ese gran profesional.

S.

Capítulo 1: El big bang P.II

El lugar escogido fue un bonito restaurante en el Puerto de Barcelona. Las calles estaban heladas y el olor que provenía del interior estaba viciado pero incitaba a entrar. Una vez dentro, nos acercamos a una mesa donde Javier me presentó a distintos colegas de profesión.

–      Natalia, te presento a Carlota. Hace relativamente poco tiempo que trabaja en el periódico y supongo no habrás tenido el placer de conocer. – Dijo Javier con su mano en mi espalda

–      Mucho gusto Carlota. – respondió, dulce y sincera, Natalia

–      El placer es mío – Objeté

–      Y ellos son Pablo, Enrique y Adrián. Pablo es el único que no trabaja en nuestro periódico pero Enrique y Adrián son editores de los departamentos de Contenidos digitales y Economía.

–      Tú debes ser Carlota Ferrer, hija de Antonio Ferrer, ¿no? Encantado– Comentó Adrián taquigráficamente y vacilando.

Poco después me tendió la mano y me miró fijamente a los ojos

–      ¿Economista? – Pregunté curiosa

–      Al menos se sumar y restar, eso se me da bien. – Rebatió Adrián

De fondo un par de carcajadas resonaron. Adrián continuaba observándome fijamente mientras sonreía.

Apareció en mi vida como una chispa encendiendo un motor de combustión. Dio tanto calor que acabo provocando una explosión en muchas facetas de mi vida. Inexperta pero muy segura de mi misma me aventuré a comprobar lo que significaba vivir un Big Bang emocional.

Adrián tiene una de esas sonrisas universales que a toda mujer vuelven loca, una de esas que comienza por la comisura y poco a poco te obliga a prestar atención. Sus ojos, de una profundidad infinita, encajaban perfectamente con el canon de belleza que mi cabeza había dibujado durante muchos años. Sus manos, fuertes y seguras, capaces de sujetarte contra una pared durante horas.

Paul Ekman, psicólogo y pionero en el estudio de las emociones, identificó 18 tipos de sonrisas basados en las posibles combinaciones de 15 músculos faciales. Cuando respondió, sonreí de forma genuina y espontánea.

Esta sonrisa es considerada como la sonrisa de Duchenne (transmitiendo una alegría espontánea que llenaba el lugar dónde nos conocimos). Atenta a sus movimientos y a su boca – carnosa y rosada – me di cuenta de que se percató de esa sonrisa acompañada de una mirada fulminante. Los seres humanos tenemos un abanico emocional-facial pero sin saber por qué yo elegí esa forma de expresión con él.

Continuamos conversando y debatiendo sobre política, nuevos medios de comunicación, deportes e incluso de astronomía. Sin más preámbulos y sin prestarnos más atención de la debida el uno al otro pero concentrados en ese punto, como si de un punto de luz ínfimo en un infinito de oscuridad se tratase. Sólo ese momento brillaba, lo demás había desaparecido. Sin embargo, muestras rodillas habían coincidido en un par de ocasiones, como si de una mera situación aleatoria se tratase.

s.

La teoría del todo o nada

Buenos días a todos, bellos durmientes. Espero que hayáis preparado un buen café y estéis listos para lo que os traigo. Hoy os quería enseñar un extracto del inicio de uno de mis nuevos proyectos. Espero que os guste:

Capítulo 1: El Big Bang

Decidir en qué punto empezaría a contar mi historia fue sencillo, ese punto era un momento concreto de mi vida y brillaba ante un espacio infinito de oscuridad. Por otro lado, me produjo una leve indignación e irritación que lo tuviese tan claro. Mi vida ya había sido complicada hasta ese momento, por lo que no me resultó extraño sentir ese pinchazo en el hígado cuando lo vi.

Las cosas se habían calmado durante el último año y yo había pasado a ser una persona dependiente, tranquila y comprometida. Había encontrado un buen proyecto profesional dentro de un reconocido periódico del país. A pesar de acabar siendo periodista por herencia familiar, mi vocación siempre fueron las ciencias naturales y nunca dejé de leer artículos o libros, investigar y estudiar. Por mi gran interés en ello, el periódico me contrató para encargarme de algunos artículos en la sección de ciencias y poco a poco iba cobrando más protagonismo.

Durante los primeros meses me adapté a todos los cambios profesionales y personales que en aquél momento mi vida debía asumir: mi relación con Daniel, compaginar el arduo horario laboral con mi vida personal y los problemas familiares que acechaban constantemente.

Recuerdo el día que me presentaron a Javier, jefe de redacción. Enseguida se percató por mi apellido quién era mi padre y me recordó sus reconocidos años en el negocio. Odiaba que la gente me relacionase con él; yo estaba muy orgullosa de todo su esfuerzo y dedicación, pero yo también me había entregado por completo a esta profesión para que fuese desvalorada en cuestión de segundos.

–      ¡Carlota Ferrer, no me puedo creer que tu padre te haya dejado pisar este periódico sin traernos algún mensaje! – Comentó entre risas Javier

–      Mi padre está muy ocupado disfrutando de sus merecidas vacaciones en alguna playa del sur y ahora su trabajo es cuidar a mi paciente madre, mientras escribe algún libro satírico sobre problemas mundanos – Respondí

–      He oído hablar de ti, Carlota. La ambición es el camino del éxito pero recuerda: ‘Pedes in terra ad sidera visus’.

Yo asentí y contesté:

–      Y una cerveza en la mano. ¿Tomamos una?

Desde aquél día nuestra amistad se fue forjando y nos mantuvimos unidos. Profesionalmente hacíamos muy buen equipo y de forma personal llegué a tener una confianza ciega en él. Javier era esa persona que, a pesar de ser mayor que yo, tenía tantísimas cosas en común conmigo. Él había conseguido ver algo más en mí; entendía cada palabra, cada mirada, cada risa forzada o cada momento feliz. Y yo había conseguido distinguir la necesidad de una charla o un abrazo en un mal momento.

Tres meses después, el invierno había invadido cada rincón de las calles e incluso cada recoveco de nuestra casa. Daniel era un tipo guapo, inteligente, con unos ojos transparentes y azules como el cielo, paciente, cariñoso y romántico; pero nunca había entendido mi ambición y pasión por mi profesión. Infinidad de veces me pidió que no me implicase tanto en cuestiones laborales e incluso que no debía tener relación con las personas que estuviesen en contacto directo conmigo dentro del periódico.

En una de esas largas discusiones entre nosotros, yo por no ceder ante sus insultos y críticas hacia mi trabajo y él por falta de empatía a ese amor que sentía por crecer, aprender y tener éxito laboral; Javier me rescató para llevarme a una cena que pronto cambiaría el rumbo de esa oscuridad que lo pintaba todo.

S.

Mi taza de café está llena de ideas…

¿Y porqué mi café descafeinado? ¿Es un blog sobre cafés?

Hola a todos, soy Sheila. Es la primera entrada del blog y quería aprovechar y explicar algunos de los porqués de este espacio. El título ya dice mucho… primero, que me encanta el café.

Hace tiempo que doy vueltas sobre la apertura de un blog, pero como todos sabéis ahora está de moda, por lo que no es ninguna novedad. Quizás de ahí lo de “descafeinado” ya que resulta poco genuino o auténtico.  A pesar de que es otro blog como miles, es mío.

Es mi taza de café, esa que a primera hora de la mañana resucita a un muerto y es capaz de lograr que te duches, te vistas y salgas por la puerta de casa a por un largo día. Esa taza que acompaña una buena conversación, una noche de invierno o un buen libro.

Y en esta taza de café hay miles de ideas, muchas ganas de contar, de compartir, un poquito de azúcar y canela… y una chocolatina que acompaña! Quiero que me acompañéis en esta nueva aventura y que la disfrutéis tanto como lo haré yo. A pesar de que pueda ser un auténtico fracaso, para mi siempre será un éxito el haber sido capaz de  expresar todo lo que la voz muchas veces no permite.

A propósito, a los que no les guste el café, os prometo que no utilizaré el café para crear todos mis post. Simplemente, me resultó una buena metáfora para describir lo que esto puede llegar a ser para mi.

¿Y quién soy yo?

Quedaos y podréis descubrirlo en los siguientes posts…

S.