Capítulo I: El Big Bang p.V

Las semanas pasaban y mi relación con Daniel se enfriaba día tras día. El periódico me pedía más presencia y compromiso ya que los artículos habían tenido buena acogida entre nuestros lectores. Gracias a ello tuve la oportunidad de cubrir una serie de conferencias en la Universidad de Cambridge en honor al Prof. Robert Kennicutt llamado: The laws of star formation.

Estas se repartirían en diferentes sesiones a lo largo de los dos días en los que, finalmente, debía preparar un articulo con las conclusiones obtenidas de los diferentes ponentes expertos en el campo. El hotel elegido ‘Varsity Hotel & Spa’ situado en el corazón de Cambridge. Un hotel boutique con amplias habitaciones, un completo gimnasio y abrazado por unos alrededores repletos de restaurantes (mejicanos e italianos) que me permitirían salir física y emocionalmente de la estática situación sentimental que vivía.

Esa noche, tras comentar con Daniel mi inminente viaje a Cambridge se levantó y se sirvió una copa de vino tinto que acto seguido bebería en apenas 3 segundos. Después desapareció tras la puerta de la habitación. Las conversaciones se convirtieron en meros monosílabos en los siguientes días. Tan solo quedaban recuerdos de aquellas caricias que nos brindábamos el uno al otro. El dolor de la incomprensión era demasiado para mi y supongo que para él también. Quizás yo no podía ser quién él quería que yo fuese. No quería renunciar a mis aspiraciones profesionales ni a mi libertad personal.

Esa libertad de toma de decisión sintiendo que la persona que te acompañe en el camino te apoyará. No dudará que cualquier decisión que puedas tomar siempre será por el bien de la relación y el propio bien personal.

A la mañana siguiente participé en un par de reuniones que nos ayudarían a entender y preparar el contenido que se trataría durante las conferencias. Al finalizar recibí un email con una convocatoria para conocer a los diferentes asistentes por parte de nuestro periódico.

Mi cara de desconcierto apareció al instante. ¿Qué quieren decir con, otros compañeros? Me dije a mi misma. Bajé rápidamente a comprar una ensalada – ya que no tenia más de media hora para comer antes de la reunión- y continué dándole vueltas a los diversos escenarios que podrían plantearse debido a lo que acababa de leer.

Al entrar a la sala mis ojos buscaban caras conocidas. Pude localizar a una compañera del departamento de ciencias políticas con la que había coincidido en múltiples cafés. Nuestras miradas coincidieron y Sara agitó la mano al mismo tiempo que sonreía.

  • Hola Sara, ¿Qué tal? Hace un par de días que no coincidíamos por aquí.
  • Sí, he estado fuera unos días por un tema personal. Pero ya estoy de vuelta. Justo para cubrir el evento.
  • ¿Qué evento? He visto que otros compañeros del periódico también viajan a Cambridge. Pensaba solo era una conferencia del ámbito de la astrofísica.
  • Parece que hay una jornada de conferencias en Cambridge y puertas abiertas para que los futuros alumnos visiten las instalaciones y rellenen los formularios de admisión.
  • Vaya, entiendo – dije un poco brusca.

Probablemente ‘la duda’, la gran duda sobre si Adrián asistiría rellenó cada hueco de mi mente haciendo imposible que pudiese pensar en otra cosa. La reunión empezó y por tanto, cualquier ápice de duda que quedase se desvaneció. Bajé la mirada y me quedé mirando fijamente la butaca de enfrente. Mi mente viajó a través del tiempo parando en el día en el que conocí a Adrián. Esa electricidad recorrió de nuevo mi cuerpo.

Claramente necesitaba acción. Estaba pidiendo a gritos un cambio en mi día a día. Pero, ¿porqué él? ¿Qué cambiaría si él asistía a aquél evento? De cualquier forma, era mala idea.

De pronto alguien llamó a la puerta de la sala. Mi corazón se aceleró y Adrián apareció excusándose por la tardanza. Mis ojos se abrieron como platos. Parecía que había visto un fantasma. Me quedé sin saliva cuando se sentó a mi lado, su sonrisa apareció en la comisura de la boca, y dijo ‘Hola, Carlota’.

En aquél momento debió pensar que era boba o simplemente antipática ya que no fui capaz de articular palabra.

Al finalizar, un grupo reducido comentamos los horarios de nuestros vuelos y la elección de los hoteles. La mayoría se hospedaban en el Hilton City Center.

  • Yo como siempre, voy tarde. Reservaré todo lo necesario hoy mismo – Dijo Adrián.
  • Creo que no quedan habitaciones en el Hilton, lo comprobé esta mañana para modificar mi reserva. Tendrá que ser en el Varsity Hotel (es de los mejores de la lista permitida por la compañía de viajes del periódico) – Respondió Sara.

Mi cara debía ser un poema ya que algunos de los compañeros me miraron y preguntaron si me encontraba bien. Las mejillas habían tomado un color rosado y sentía que estaba apunto de desmayarme del calor.

Empaqueté un traje, un vestido y unos jeans (por si nos planteábamos alguna cena de equipo), el neceser y un par de libros para el trayecto. Mientras acababa de preparar la maleta Daniel me miraba desde la puerta en silencio.

  • ¿Estás contenta? Dijo cordialmente, rompiendo el silencio.
  • Es una buena oportunidad. Además creo que unos días fuera ayudarán a que las aguas se calmen.
  • Quizás sí. Estaré esperándote en el aeropuerto si te apetece.
  • Claro.

El vuelo, programado a las 6:30, se retrasó 30 min. Había margen de sobra ya que normalmente teníamos en cuenta los posibles retrasos aéreos.

El día fue avanzando, los diferentes ponentes iban apareciendo y yo tomaba notas intentando sacar el jugo necesario para preparar él artículo con el que concluiría el evento. Tenía un buen nivel de inglés adquirido desde pequeña y en gran parte gracias a mi madre, que me enseñó Inglés e Italiano. Ella era profesora en la universidad de Barcelona. Le encantaban las letras y por ello dedicaba parte del tiempo a aprender idiomas, escribir o leer. Mis padres tenían ese hobby en común. Ese y el buen vino. Por desgracia uno de los pilares de mi vida no tuvo la oportunidad de seguir aprendiendo. La enfermedad me la arrebató. Fue un momento muy duro en mi vida – este capítulo todavía no ha llegado, por lo que no adelantemos acontecimientos.

Volviendo al hilo principal, gracias al dominio de varios idiomas no me supuso ningún esfuerzo entender fácilmente las conferencias e incluso hacer preguntas con bastante sentido. A las 12:00 aprovechamos el parón para salir a comer y hacer check-in en el hotel. Decidí darme un capricho ese mediodía y pedir una pizza de atún y cebolla (que me chiflan) en un restaurante italiano a la vuelta de la esquina cerca del Río Cam. En el interior coincidí con varios compañeros del periódico.

  • ¡Carlota!
    Hola chicos, ¿Qué tal? ¿Que hacéis por aquí
  • Tres compañeros estaban sentados en una mesa esquinera. Les acompañaba un cuarto integrante que no reconocía, pero a juzgar por su aspecto no era español.
    • Acabamos de llegar a Cambridge y hemos pasado a comer algo antes de que inicien las charlas. Disculpa por lo poco cortés que estoy siendo. Te presento a Jim – dijo Carlos
    • Hola, ¿cómo estás?– respondió aquél chico tímido, titubeando, al que calé tan rápido como tardó en pronunciar la primera palabra con acento inglés.
    • Hi Jim. I’m fine – dije sonriendo mientras todos soltaban una pequeña carcajada al unísono.

    Jim era pelirrojo (quizás más anaranjado que rojizo), pelo corto, pecas alrededor de las mejillas y con ojos marrón miel. No era el tipo de chico por el que solía sentirme atraída, tanto físicamente como por su actitud tímida pero parecía buen chico.

    • Cambiando de tema, Carlota – Dijo Carlos. Vamos esta noche a cenar a un mejicano con los compañeros del periódico. También se unirán algunos colegas de profesión de otros ámbitos, como Jim. La cena es a las 20:00h. ¿Te apuntas?
    • Claro, allí estaré – en mi rostro, una risa nerviosa apareció.

    Las siguientes horas las sentí eternas. Mi mente se había teletransportado y solo mi cuerpo estaba presente en aquél auditorio. Sujetaba el lápiz con mi mano derecha, mientras, me daba golpecitos con él en los labios. Miraba fijamente mi agenda donde aparecían anotados los últimos comentarios del día. Hacía 5 minutos que había recogido mi pelo con una pinza pequeña. El pelo caía rozando el cuello (tenía el pelo justo por los hombros o, quizás, un pelín más corto). Un mechón de pelo apareció frente a mi cara tapándome la visión, soplé apartándolo. Ya no quedaba nadie dentro y empecé a recoger los trastos para llevarlos al Hotel (tenía un par de horas antes de la cena). Sentí una presencia, como si alguien me observase a lo lejos. Me giré poco a poco, como si no me preocupase quién estuviese allí. Adrián observaba la escena apoyado en el marco de la puerta de madera maciza. Tenía los brazos cruzados y se podía entrever que aquello le hacía gracia.

    S.

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